Larga Vida al CUEC
Rafael Aviña
En la actualidad, el oficio cinematográfico no puede concebirse sin la experiencia académica. Lejos quedaron los tiempos del jalacables, del anotador y del asistente de realización, aquellos que empezaban desde abajo para convertirse tarde o temprano en cineastas de una industria en plena bonanza. Aquellosaños de empirismo práctico en foros y locaciones han sido trastoca-dos por clases teóricas en el interior de aulas, en las cuales el oficio fílmico parte de la discusión y la praxis en un ambiente de libertad creativa que evita los corsés y las malas jugadas que la industria suele hacer.
El CUEC, la primera escuela de cine en nuestro país, surgía en 1963, en los albores del Primer Concurso de Cine Experimental y dentro de larevolución del cine independiente para renovar cuadros de cineastas.Sin embargo, su aparición coincidía con una época particularmente difícil para una industria afectada de antemano, por la falta de credibilidad por parte de un público que daba la espalda al cine mexicano. Con todo, desde un inicio, el CUEC mostró una personalidad propia y un evidente espíritu crítico y combativo, ofreciendo los conocimientos y el arrebato necesario para hacer cine en un país en eterna crisis económica y moral.
A sus 40 años de existencia, el CUEC sigue presentándose como una disyuntiva, una opción fílmica que rebasa la industria y los lineamientos de ésta, una rareza fílmica que surge como reflejo de las inquietudes artísticas y culturales de una clase media universitaria aportando a esta industria, no sólo una nueva y atractiva generación de cineastas y cuadros de producción capaces de diseñar propuestas inteligentes y competitivas con medios mínimos, como lo ejemplifican Cualquier cosa de Douglas Sánchez, El ombligo de la luna de Jorge Prior, Redondo de Raúl Busteros, Los confines de Mitl Valdez, Retorno a Aztlán de Juan Mora, Rito terminal de Óscar Urrutia, o Un mundo raro de Armando Casas, sino un singular entusiasmo, pasión y originalidad para resolver situaciones propias de un quehacer cada vez más insólito como lo es filmar en México.
Del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos, escuela que edita su propia y exitosa revista, que sistemática-mente proyecta su producción anual para confrontar al aspirante a cineasta y sus trabajos con el público, al tiempo que ha apoyado un atractivo programa de óperas primas, han egresado realizadores como Alfredo Joskowicz, Jorge Fons, Jaime Humberto Hermosillo, Alfredo Gurrola, Marcela Fernández Violante, Alberto Bojórquez, Mitl Valdez, Diego López, José Luis y Carlos García Agraz, Rafael Montero, María Novaro, Luis Estrada, Alberto Cortés, Alfonso Cuarón, Carlos Bolado, Juan Carlos de Llaca; los fotógrafos Carlos Marcovich, Ciro Cabello y Emmanuel Lubezki; editores como Manuel Rodríguez y los guionistas Reyes Bercini, Ramón Cervantes y Enrique Rentería.
Al CUEC se le deben, si no obras maestras, si pequeños clásicos y cintas de culto del cine no industrial y ahí están para demostrarlo: Pulquería La Rosita de Esther Morales, Recodo del Purgatorio de José Estrada, Descenso al país de la noche de Alfredo Gurrola, la trilogía emprendida por Carlos Mendoza y Carlos Cruz integrada por Chapopote, El Chahuistle y Charrotitlán; Diamante de Gerardo Lara, Amanecer en Disneylandia de Juan Santiago Huerta y Rafael Tonatiuh González, Virgen de medianoche de Ulises Guzmán, y Actos impuros de Roberto Fiesco. Sin faltar, por supuesto, un documental fuera de serie como lo es El grito de Leobardo López
Aretche, cuya desgarradora espontaneidad jamás ha sido superada, realizado con el apoyo de alumnos y profesores del CUEC, convertidos en participantes activos y testigos críticos del movimiento del ‘68.
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